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Año II N° 187 | Edición del 3 de enero de 2007  
 

EDITORIALES
El iracundo estilo presidencial
Santiago Gallichio . Economista jefe de Exante

Las iras descontroladas del presidente de la Nación, Néstor Kirchner, en contra de los empresarios no pueden llamar la atención de ningún observador imparcial. Prácticamente, el Presidente de los argentinos no ha dado ninguna muestra de cordialidad ante los empresarios en toda su vida política relevante. Esa misma que comenzó hace poco más de 30 meses. Sin embargo, todavía hay demasiados rostros sorprendidos ante las declaraciones que pretenden inculpar a los supermercadistas por la inflación argentina; por cierto, la más alta del mundo entero. A propósito, me gustaría saber cómo serán los supermercadistas que trabajan en el resto del globo terráqueo...
¿Por qué habrían de sorprenderse por esto ante un Presidente que mandó a sus piqueteros a boicotear a las empresas petroleras extranjeras por el aumento de las naftas, a sus sindicalistas a boicotear a los supermercados extranjeros por el aumento de los alimentos, que fulminó a su vicepresidente y a una transportista de energía por declarar que las tarifas debían ser ajustadas, etcétera, etcétera, etcétera?
Muchos insisten una y otra vez con el argumento de que las reacciones de Kirchner son sólo pour la galérie, ante eventos electoralistas, pasados los cuales dejarían la escena para mostrar al verdadero Kirchner: el Kirchner capitalista, que llevó sus ahorros a Suiza, que es un aliado de la burguesía nacional productiva y que, junto con su coqueta esposa, gusta más de la Quinta Avenida de Nueva York que de ningún otro lugar en el mundo. Pues bien, una y otra vez los acontecimientos pasan y la ira persiste.
Primero, argumentaron que sólo se trataba de una estrategia para acumular poder ante el magro 22% que lo depositó en el sillón de Rivadavia, el 25 de mayo de 2003. Cuando se consiguiera un acuerdo con el FMI que le asegurara una mínima supervivencia la cosa cambiaría. Sin embargo, en agosto de 2003 se firmó el acuerdo y la virulencia continuó en avance.
Luego, se adujo que el peso de la deuda externa era tan inmenso que sus recurrentes enojos eran actuaciones para ganar mayor poder de negociación. En febrero de 2005 se cerró la negociación con el FMI, con un 75% de adhesión, lo cual fue considerado como todo un éxito presidencial. Sin embargo, tras unos pocos días de buen humor, la ira siguió bien alimentada y con similares frecuencias de aparición.
Allí se lanzó el plebiscito para octubre, el que justificó la creación de nuevos enemigos a muerte a quienes cuerear en público. "El Presidente necesita convalidar en las urnas su verdadero apoyo popular y hasta que no lo logre no puede bajar los brazos", aducían los observadores más esperanzados. Las elecciones de octubre de 2005 fueron ganadas por el Presidente sin discusión. Pero, tras unos días de descanso y buen humor, la ira volvió a su lugar para atacar; ahora, a los responsables de la antipopular inflación.
En estos días, los últimos ingenuos parecieran estar cayendo en cuenta de la realidad: el Presidente no simula su ira, sino que la padece y la expresa. El asunto grave de este presente es que el Gobierno tiene un serio problema entre manos: la importante inflación que no ceja, y no sabe cómo solucionarlo. Descreen por completo de las teorías monetaristas por el pueril motivo de que muchos líderes de opinión económica de los '90 estuvieron formados en el monetarismo. Pero esta barrida en bruto de la mesa de oferta de soluciones macroeconómicas lo lleva a ignorar justamente a la escuela que puso fin al problema de la alta inflación en todo el mundo, problema que había desaparecido hasta ésta, nuestra nuevamente triste experiencia económica argentina.
Insólitamente, una vez más volvemos a descontrolar nuestra moneda, como si no hubieran bastado los desastres hiperinflacionarios del pasado reciente. Y, para colmo, enfrentamos este problema con un Presidente al que le sale de su natural el echar culpas a los empresarios de todos los males del país. Con una ministra de Economía que no sabe de temas monetarios y con un presidente del Banco Central que no asume responsabilidades por los hechos que él protagoniza y para quien la inflación no es un problema monetario. Para colmo de males, 2007 asoma cada vez más como un año de alto riesgo financiero internacional: el dólar sigue su rumbo descendente sin atenuaciones, el oro está rompiendo la barrera de los u$s 500 la onza Troy, un valor que, con mínimas y puntuales excepciones, es el máximo desde la época altamente inflacionaria de Jimmy Carter, allá por 1980.
Una pregunta que no necesita un psicólogo para ser contestada con ciertas probabilidades de acierto: ¿cómo será de grande la ira presidencial cuando el escenario internacional se complique y se acabe un contexto favorable nunca antes visto como el que le tocó en suerte durante su corta presidencia? El predominio de la iracundia es el peor ambiente para encontrar soluciones difíciles a problemas complejos.

 
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