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EDITORIALES
El iracundo estilo presidencial
Santiago Gallichio . Economista jefe de Exante
Las iras descontroladas del presidente de la Nación, Néstor
Kirchner, en contra de los empresarios no pueden llamar la atención
de ningún observador imparcial. Prácticamente, el
Presidente de los argentinos no ha dado ninguna muestra de cordialidad
ante los empresarios en toda su vida política relevante.
Esa misma que comenzó hace poco más de 30 meses. Sin
embargo, todavía hay demasiados rostros sorprendidos ante
las declaraciones que pretenden inculpar a los supermercadistas
por la inflación argentina; por cierto, la más alta
del mundo entero. A propósito, me gustaría saber cómo
serán los supermercadistas que trabajan en el resto del globo
terráqueo...
¿Por qué habrían de sorprenderse por esto ante
un Presidente que mandó a sus piqueteros a boicotear a las
empresas petroleras extranjeras por el aumento de las naftas, a
sus sindicalistas a boicotear a los supermercados extranjeros por
el aumento de los alimentos, que fulminó a su vicepresidente
y a una transportista de energía por declarar que las tarifas
debían ser ajustadas, etcétera, etcétera, etcétera?
Muchos insisten una y otra vez con el argumento de que las reacciones
de Kirchner son sólo pour la galérie, ante eventos
electoralistas, pasados los cuales dejarían la escena para
mostrar al verdadero Kirchner: el Kirchner capitalista, que llevó
sus ahorros a Suiza, que es un aliado de la burguesía nacional
productiva y que, junto con su coqueta esposa, gusta más
de la Quinta Avenida de Nueva York que de ningún otro lugar
en el mundo. Pues bien, una y otra vez los acontecimientos pasan
y la ira persiste.
Primero, argumentaron que sólo se trataba de una estrategia
para acumular poder ante el magro 22% que lo depositó en
el sillón de Rivadavia, el 25 de mayo de 2003. Cuando se
consiguiera un acuerdo con el FMI que le asegurara una mínima
supervivencia la cosa cambiaría. Sin embargo, en agosto de
2003 se firmó el acuerdo y la virulencia continuó
en avance.
Luego, se adujo que el peso de la deuda externa era tan inmenso
que sus recurrentes enojos eran actuaciones para ganar mayor poder
de negociación. En febrero de 2005 se cerró la negociación
con el FMI, con un 75% de adhesión, lo cual fue considerado
como todo un éxito presidencial. Sin embargo, tras unos pocos
días de buen humor, la ira siguió bien alimentada
y con similares frecuencias de aparición.
Allí se lanzó el plebiscito para octubre, el que justificó
la creación de nuevos enemigos a muerte a quienes cuerear
en público. "El Presidente necesita convalidar en las
urnas su verdadero apoyo popular y hasta que no lo logre no puede
bajar los brazos", aducían los observadores más
esperanzados. Las elecciones de octubre de 2005 fueron ganadas por
el Presidente sin discusión. Pero, tras unos días
de descanso y buen humor, la ira volvió a su lugar para atacar;
ahora, a los responsables de la antipopular inflación.
En estos días, los últimos ingenuos parecieran estar
cayendo en cuenta de la realidad: el Presidente no simula su ira,
sino que la padece y la expresa. El asunto grave de este presente
es que el Gobierno tiene un serio problema entre manos: la importante
inflación que no ceja, y no sabe cómo solucionarlo.
Descreen por completo de las teorías monetaristas por el
pueril motivo de que muchos líderes de opinión económica
de los '90 estuvieron formados en el monetarismo. Pero esta barrida
en bruto de la mesa de oferta de soluciones macroeconómicas
lo lleva a ignorar justamente a la escuela que puso fin al problema
de la alta inflación en todo el mundo, problema que había
desaparecido hasta ésta, nuestra nuevamente triste experiencia
económica argentina.
Insólitamente, una vez más volvemos a descontrolar
nuestra moneda, como si no hubieran bastado los desastres hiperinflacionarios
del pasado reciente. Y, para colmo, enfrentamos este problema con
un Presidente al que le sale de su natural el echar culpas a los
empresarios de todos los males del país. Con una ministra
de Economía que no sabe de temas monetarios y con un presidente
del Banco Central que no asume responsabilidades por los hechos
que él protagoniza y para quien la inflación no es
un problema monetario. Para colmo de males, 2007 asoma cada vez
más como un año de alto riesgo financiero internacional:
el dólar sigue su rumbo descendente sin atenuaciones, el
oro está rompiendo la barrera de los u$s 500 la onza Troy,
un valor que, con mínimas y puntuales excepciones, es el
máximo desde la época altamente inflacionaria de Jimmy
Carter, allá por 1980.
Una pregunta que no necesita un psicólogo para ser contestada
con ciertas probabilidades de acierto: ¿cómo será
de grande la ira presidencial cuando el escenario internacional
se complique y se acabe un contexto favorable nunca antes visto
como el que le tocó en suerte durante su corta presidencia?
El predominio de la iracundia es el peor ambiente para encontrar
soluciones difíciles a problemas complejos.
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