Negocios Nacionales
|
EMPRENDEDORES PREMIUM
La genética de hacer buenos negocios
Sus padres son profesionales, ejecutivos o empresarios reconocidos, pero decidieron no seguir sus huellas. Tienen entre 20 y 35 años y
se lanzaron con compañías propias que, en poco tiempo, crecieron y mucho. Sus inicios, los problemas que atravesaron, los errores que cometieron
y sus secretos para alcanzar el éxito. La ventajas (o desventajas) de portar apellido.
Sin dudas llevan el espíritu emprendedor en la
sangre: sus padres son empresarios, ejecutivos o profesionales reconocidos
que construyeron un espacio propio. Por eso, convivir con la apuesta
de tomar riesgos les resulta tan natural. Sin embargo, esto no significa
que necesariamente se hayan desarrollado al amparo de un apellido,
puesto que en ese mismo espíritu emprendedor hay un elemento
definitorio: el de tomar las riendas de las propias decisiones ya
que ninguno eligió el mismo camino que sus progenitores.
Sus edades van de 20 a 35 años y crearon empresas en rubros
como turismo, branding, software y consultoría, joyería
y management deportivo. Unos empezaron con inversión inicial
cero, otros con un pequeño préstamo familiar y algunos
con un importante aporte de capital propio o de sus socios (ninguno
recurrió al financiamiento institucional). Todos crecieron
de manera sorprendente, en ciertos casos en muy poco tiempo. Claudia
Pistarini, de 35 años; Luis María Betnaza, 21; Tomás
Costantini, 23; Diego Zuberbühler, 24, y Julián Bedel,
27, revelan cómo hicieron para convertirse en entrepreneurs
exitosos: sus comienzos, los tropiezos, las equivocaciones, la estrategia
de negocios y el futuro de sus compañías.
MANAGEMENT DEPORTIVO. El año pasado, Tomás
Costantini se asoció con Michael Ducote y conformaron Humark
cuando compró el 50% de la sociedad por u$s 80.000. "Mike
ya había explorado el negocio y había armado una propuesta
muy inteligente con un buen plan de negocios. Así que me
arriesgué e invertí mi capital", dice Tomás.
La firma se encarga del management de tenistas como Guillermo Cañas,
Mariano Zavaleta, Juan Chela y Agustín Calleri, entre otros.
"Yo no tenía nada que ver con este tema. Pero siempre
quise ser manager. Antes, manejaba un torneo de fútbol en
Nordelta y de a poco me quería ir metiendo en eso. Pero el
fútbol me resultó más difícil para meterme.
Es un negocio que está muy pisado, en la Argentina y en todo
el mundo. En cambio el tenis acá no se ha profesionalizado
en su totalidad".
La compañía tuvo una rápida expansión:
"Calculo que este año recupero la inversión y
nos sobra plata para hacer más inversiones", reconoce
el joven. Si bien indica que por ahora la idea es asentarse en un
campo para después abarcar otros, el secreto del crecimiento
"es ampliar el área de negocios. Por ejemplo, estamos
con las millas de Reebok, pero por el momento nuestro fuerte es
el tenis. Y ahí vamos a cerrar exhibiciones en el interior
del país, contratos con marcas, eventos corporativos, clínicas.
Para el sponsoreo de los chicos queremos apoyo argentino, pero para
lo que es raqueta o indumentaria, los contratos son internacionales.
Nuestra estrategia de negocios a futuro está en los juniors.
Ya tenemos una ecuatoriana, una brasileña, un argentino,
de entre 15 y 17 años".
Tomás señala que no le resulta difícil enfrentar
un proceso de negociación, aún cuando se trate de
grandes corporaciones. "Sentarme, ofrecer el negocio, la exhibición,
lo hago. El follow up es difícil. Cuando tenés que
seguir y hay una gran burocracia. Por ejemplo, con Personal nos
fue muy bien, tenemos buen trato con ellos, nos llevamos bárbaro,
pero estuvimos cinco meses para cerrar un evento. Y todavía
estamos negociándolo". En cuánto a la capacidad
para negociar "la aprendí de mi papá –reconoce–.
Siempre, hasta con una compra de un auto, me enseñaba cuál
era el punto de ansiedad. Yo soy muy ansioso y él más
calmo. Él es mi cable a tierra. Yo encontraba un auto, me
daban un número y lo quería ya. El me decía
que aguantara una semana que iba a bajar un poquito. Y eso pasaba.
Antes de hacer un negocio hablo con papá. No le puedo decir:
‘Quiero hacer un programa de TV’, ya que me pregunta
por qué quiero hacer eso si soy manager. ‘Puede ser
que eso te de plata pero te estás desviando de lo que vos
tenés que hacer’, me dice. Y me va como encarrilando.
Me deja volar en lo que yo quiero, pero no ser disperso con las
cosas. Papá nunca te va dar de más; si te tiene que
dar, va a ser lo justo para que vos salgas a flote como él
salió solo".
JOYERIA. "Siempre me gustaron las alhajas.
En mi familia, mi abuela tenía una gran colección
de alhajas y eso influyó en mí". La autodescripción
pertenece a Claudia Pistarini, hija de la ex modelo Karim Pistarini,
que estudió gemología en Estados Unidos y hace diez
años que dirige la joyería que lleva su nombre.
"Siempre me incliné por lo que fuera creativo, sobre
todo con el diseño. Estudié tres años arquitectura,
pero después me incliné por las joyas porque empecé
a hacer cursos paralelamente a los estudios. Esto me llevó
a trabajar rápido. Me fue muy bien desde el principio".
Su primer negocio fue vender un collar de perlas. "Para poder
hacerlo le pedí a mi madre un préstamo. Lo hice y
a los tres días le devolví la plata. Hay que conocer
mucho el producto que vas a comercializar, cómo es su fabricación,
cómo llevarla a cabo, el marketing, dónde lo vas a
vender y a quién. Necesitás toda una formación
para eso porque es un producto suntuario. Distinto es si vendés
jeans", advierte. Primero tuvo un taller propio y oficinas
y luego abrió un local a la calle. "Cuando se puso peligroso
por el tema de los robos y vino la devaluación, tuvimos que
cambiar toda la estrategia de venta. Por un lado, sacamos productos
más baratos, de alta rotación, por costos y porque
la gente tenía miedo de usar joyas valiosas. Cerramos el
local a la calle y nos ubicamos en shoppings, que son de consumo
más masivo. Y empezamos a franquiciar".
Salvo por un punto de venta dentro de Patio Bullrich, Claudia terceriza
la comercialización de sus joyas. "Es muy difícil
fabricar el producto, hacer el marketing y venderlo. Yo soy muy
detallista con eso, que es lo único que te lleva a que las
cosas salgan bien. Así que no podemos tener también
a nuestro cargo negocios donde tengamos que controlar las ventas,
los stocks y todo el movimiento que tiene cada local", explica.
De ahí que cuente con cinco franquicias en el interior del
país (cuestan de $ 50.000 para una franquicia corner hasta
$ 150.000 para una en un barrio privado) y dos en el exterior, una
en San Pablo y otra en Chile (esta última es una master y
vale u$s 250.000 para tener la exclusividad en todo ese país).
"Lo bueno es que la recuperación de la inversión
es en un año", asegura Pistarini.
Además de la buena facturación local, que en 2004
tuvo un incremento del 20%, uno de los mayores crecimientos se dio
en la venta al turismo, que hoy representa el 50% del total. Sin
embargo, su fuerte está en las franquicias: "La selección
del futuro franquiciado es estricta. La persona no tiene que saber
de joyas, pero debe tener un determinado nivel en un montón
de cosas para poder comercializarlas. La persona que vende una alhaja
tiene que estar preparada desde profesional hasta culturalmente,
tiene que trabajar mucho. No es para cualquiera". La joyera
no tiene socios. "Yo intervengo en todo –advierte–.
Pero recurro a consultorías para temas laborales, de franquicias,
de estrategia de publicidad. De todas formas, soy la que toma las
decisiones, la que pide los presupuestos, las propuestas y la que
tira la línea de lo que quiere que se haga durante el año.
Pero asistida por consultoría, que es lo que hablo de la
tercerización".
GRAND CLASS. Luis María Betnaza, hijo de
Luis Betnaza (director de Techint), se asoció este año
con su amigo Martín Nielsen, de 22 años; su tío,
Rómulo Betnaza, y Antonio Presa (ex director de Iberia y
del aeropuerto de Barajas) y lanzó Grand Class, un servicio
exclusivo de transportes para turistas en El Calafate. En este emprendimiento
llevan invertidos $ 3 millones, piensan invertir un monto similar
el año que viene para ampliar las zonas de servicios a Bariloche,
Ushuaia, Puerto Madryn y Buenos Aires y tienen proyectado construir
un hotel 5 estrellas en El Calafate, con un costo de 15 millones
de euros. "La idea surgió por un viaje que hizo mi tío,
que vive en España, al glaciar. Pagó primera clase
en Aerolíneas Argentinas, paró en el Hotel Alvear,
en El Calafate contrató la Posada de los Alamos. El viaje
le pareció espectacular hasta que llegó allá
y se subió al auto y le tocó un Renault 18. Cuando
fuimos nosotros con Martín, nos dio la misma sensación.
Entonces empezamos a armar todo y ver las posibilidades y surgió
en principio la idea del hotel como algo que estaba faltando. Pero
fuimos para adelante con las camionetas porque era más realizable".
La empresa comenzó a operar a mediados de este mes.
Luis, que estudia Derecho y trabajaba en la secretaría privada
de la SIDE, y Martín, que estudia marketing, aportaron parte
del capital inicial. "El aporte fue mixto. En gran parte fue
plata que puso mi tío y su amigo, y nosotros pusimos lo que
pudimos. Mi papá me dio consejo, me apoyó porque la
iniciativa le parecía buenísima. Pero por otro lado,
le daba un poco de miedo que yo me arriesgara a armar esto porque
me estaba jugando a todo o nada", indica Betnaza hijo. Pero
no sólo fueron consejos e intuición para armar este
negocio: también hubo estudios de mercado y una prueba piloto
con los operadores locales. "De la parte hotelera el que más
sabe es Rómulo –indica Martín–. El nos
transmite los conocimientos. De turismo en sí, Rómulo
tiene mucha gente conocida en el sector y eso nos permitió
conectarnos con esas personas. De hecho en España hay alguien
que me ayuda en la parte de comercialización".
Un negocio trajo otro. Para este emprendimiento, la firma encargó
un software específico que mandaron a diseñar de acuerdo
con sus necesidades. Este software resultó tan práctico
que empresas de turismo comenzaron a pedirlo a la compañía
que lo desarrolló, aunque los propietarios son Luis y sus
socios. Pero no todos fueron aciertos cómo este. "Uno
de los problemas, que nos hizo gastar mucha plata, fue un error
por no saber bien cómo comercializar esto –relata Luis–.
Nosotros pensamos que era algo que se iba a vender en España
y en un principio para la imagen contratamos creativos de allá.
Al final resultó que se tenía que vender acá
y ya habíamos invertido un montón en España".
BRANDING. Julián Bedel es hijo del arquitecto
Jacques Bedel y hace siete años comenzó con la empresa
Virtualtrip. "Hacemos desarrollo estratégico de marcas.
Le definimos a una empresa cómo va a ser la esencia de esa
marca, cómo va a ser la personalidad. Por ejemplo, al Malba
le ayudamos a definir cómo hacer su posicionamiento frente
al público local, al extranjero, su identidad corporativa,
la señalética, cómo van a ser productos que
vendan, el uniforme, el website. No tenemos nada que ver con los
productos masivos. Lo nuestro está definido como branding
cultural", explica.
Desde una inversión inicial cero (salvo por una computadora),
a proyecciones de facturación de $ 3 millones el año
que viene, pasó mucho agua bajo el puente. Incluso una quiebra.
"En el ‘97, conocí todo lo que era Internet y
me empecé a meter ahí, a aplicar el diseño
y la interactividad. El estudio fue agrandándose muy volcado
a las punto com y quebró cuando explotó la burbuja.
Me hice repelota, mis socios me dejaron, tuve que despedir a 15
personas. Tenía 21 años. Y después empecé
de nuevo, más que nada con los clientes que yo ya tenía,
a ver exactamente por dónde pasaba mi valor agregado. Lo
que me empezaron a decir ellos era lo mismo que estaba en la parte
estratégica. Estaban felices con el diseño que yo
les brindaba, pero lo veían como una consecuencia de todo
un laburo previo de interpretación, de qué necesitaba
esa marca", recuerda Julián y agrega: "Soy un tipo
que disfruto mucho del error, del fracaso. No le tengo miedo. De
hecho me va mal muy seguido, pero gracias a Dios tengo una actitud
positiva al lidiar con las cosas. Por ahí encaro diez cosas,
cinco me van mal y cinco, bien. Pero gracias a que estoy encarando
diez cosas, cinco me van bien. Es como las minas: no todas te dan
bola".
Bedel hizo el secundario libre y no siguió ninguna carrera.
"Mi método es otro que el universitario. Prefiero el
laburo y más que nada rodearme de tipos talentosos. Rodeándote
de gente aprendés mucho más", dice. Su empresa
fue financiándose basada en la facturación. ¿Cuál
fue la influencia que tuvo su padre en este desarrollo? "El
fue el ejemplo de todo lo que no tenía que hacer a nivel
negocios. Es un tipo que labura mucho, muy digno y muy coherente
con su trabajo, sus ideas y sus puntos de vista. Eso sí lo
tomé mucho de él, la de bancártela con quien
sos vos, con tus puntos de vista. El resto lo fui aprendiendo por
ensayo y error", señala.
EL GRUPO PEXO. Diego Zuberbühler, hermano
de Verónica Zuberbühler, que tiene su propia empresa
de cosméticos, Anton Chalbaud y sus socios comenzaron, en
2002, a desarrollar sitios Web. Sin poner un peso, cada uno llevó
su propia computadora, estaban en una oficina prestada y todo lo
que ganaban lo reinvertían. A los seis meses habían
alquilado un piso en Rivadavia al 800. Hoy piensan abrir oficinas
en Madrid y Sidney, su facturación en 2006 (si incluyen España
y Australia) está proyectada en u$s 3 millones, y están
a punto de integrar las empresas que tienen –cuatro en total–
en el Grupo Pexo. "Toda la inversión que hicimos hasta
hoy fue producida por la propia empresa. En ningún momento
hubo aportes de capitales de nadie", explica Diego, y Anton
amplía: "Cuando empezamos, mucha gente joven que se
dedicaba a tecnología y diseño estaba desocupada.
Con lo cual conseguimos mucha gente dispuesta a trabajar por salarios
bajos en esos momentos. Después de los primeros seis meses
hizo eclosión y ahí ya pudimos empezar a pagar sueldos
en serio. Pero todos los socios estamos acá por opción,
ninguno fue que no le quedaba otra. De hecho, salvo uno, ninguno
trabajó jamás en relación de dependencia. Todos
tenemos vocación de entrepreneur, de hacernos solos".
Claro que reconoce algo importante en estos casos. "Hay un
tema que es real –indica–: pudimos hacer esto, al igual
que mucha gente lo puede hacer, porque teníamos red atrás.
Yo me podía dar el lujo de estar seis meses cobrando $ 500,
por más que no pedí a nadie que pusiera plata en la
empresa".
Una de las claves del crecimiento de la compañía fue
el desarrollo comercial. "Siempre tuvimos una política
de poder hacer cualquier cosa que nos pidieran, así fuese
algo chino. También nos ocupábamos de salir a vender,
de conseguir los clientes. Después si con la gente que teníamos
no se podía hacer, salíamos a buscar rápido
a alguien en el mercado para poder hacerlo y solucionarlo. ¿Cómo
lo conseguimos? Gran parte por contactos de los socios. Y después
por asociativimo: fuimos armando alianzas comerciales con empresas
que tenían algún tipo de relación con lo que
hacíamos nosotros", indica Anton.
Diego explica una de las estrategias de crecimiento a futuro del
negocio. "El proceso de internacionalización es clave
–asegura–. Como estamos en un negocio que es de continua
innovación, trabajar para mercados desarrollados exige más
porque quieren las cosas más nuevas. Eso te permite innovar
un montón y con esa innovación podés ofrecerles
mejores soluciones a las empresas en la Argentina. Porque son cosas
que no las tendrías o no las conocerías si estuvieses
solamente trabajando acá. Por otro lado, te permite ser un
receptor de empleo mucho mejor porque la gente quiere trabajar con
el que está haciendo las cosas más nuevas. Además,
lógicamente, el billete de otro color no es nada despreciable".